Seguimos con nuestro recorrido, a traves de nuestro particular viaje, por los lugares con la etiqueta de malditos o encantados de la geografia española. En esta ocasion nos detendremos en Malaga, para conocer un curioso caso producido hace unos años en el cementerio de San Miguel. 

Trayecto:  047

Destino: Málaga

Caso: Casas Encantadas

El 4 de Mayo de 2005, sobre las cinco de la tarde un grupo de unas quince personas estaban congregadas ante un humilde panteón en el cementerio malagueño de San Miguel. En un pequeño módulo vertical de dicho panteón, había una fotografía impresa en el mármol y una placa donde reza <<Jane Bowles, Nueva York 1917- Málaga 1973>>.

Los congregados encendieron velas en su memoria y colocaron junto a su tumba numerosas flores.

De pronto, uno de los allí reunidos levanta la vista quedándose sin habla. Entre el grupo, en el cual todos se conocen entre sí, hay una persona más. Es una mujer vestida de luto cuyo rostro es extrañamente parecido con el de la fallecida literata.

Tras unos momentos, otras personas se dan cuenta de la presencia de la extraña mujer, la cual posee una mirada perdida.

Antes de que nadie pudiera hacer nada por verificar la identidad de la mujer, ésta se vuelve y dobla la esquina de un panteón de gran tamaño, que lleva a la zona de enterramiento de los escritores y artistas malagueños. Cuando varios de los testigos se dan cuentan de lo que ha pasado, rodean la zona por diferentes lugares. Desgraciadamente, aquella mujer ha desaparecido sin dejar rastro.

Al conocerse la noticia, aquellos que suelen visitar cada año la tumba de Jane Bowles, responden: "Nos os preocupéis. Jane suele venir en el aniversario de su muerte, apareciendo entre nosotros con la misma espontaneidad con que desaparece".

Los primeros en descubrir los fenómenos relacionados con la escritora Jane, fueron el encargado de la capilla del cementerio y los vigilantes de seguridad, que a partir de un determinado aniversario de la construcción del actual monumento funerario y una vez cerrada la puerta de la necrópolis, ven pasear a una señora de aspecto extravagante, por las inmediaciones de la tumba de Bowles.

Además de lo extraño de la hora, resulta curioso que la dama estuviera todos los días con la misma vestimenta, en el mismo punto (la tumba de Jane) con la misma actitud contemplativa.

Esa misma actitud es la que llevó a los vigilantes a no acercarse en un principio a la extraña mujer, ya que temían romper algún tipo de oración en honor a la difunta. Pero cuando posteriormente intentaban mantener contacto con la señora para identificar sus objetivos, ésta parecía desaparecer tras una esquina una vez que el vigilante de turno alcanzaba la zona de la tumba.
La imposibilidad de escapar en tan escasos segundos, comenzó a resultar para el encargado de la capilla y los vigilantes un asunto de escasa explicación racional, lo que hizo que estuvieran más atentos para las siguientes ocasiones, llegando a acercarse lo suficiente para identificar en el rostro de la visitante a la misma Jane Bowles, rostro que todos conocían a través de la imagen de su lápida.

Pero no es este el único caso de sucesos extraños en el cementerio de San Miguel.

Otro caso  impresionante lo vivió vigilante al comienzo de su turno. Estos suelen hacer tres ó cuatro   rondas por el interior del recinto a lo largo del turno durante la noche. Momentos antes de comenzar su turno estaba hablando con su mujer por teléfono en la sala de descanso, ubicada en los exteriores, mientras esperaba que le tocara la primera vuelta.

Mientras hablaban, escuchó de fondo una voz masculina, que articulaba palabras inconexas. Él preguntó a su esposa si estaba con alguien, a lo que ella respondió sorprendida que no, que se encontraba sola.

Mientras seguían hablando, la comunicación se cortó con un sonido de interferencia, se dejó de escuchar la voz de su esposa, para dar paso a una voz masculina, fuerte y cavernosa, casi metálica, que dijo ¡Dentro te espero!. A continuación se escuchó la interferencia y acto seguido la voz de su esposa preguntándole qué había ocurrido, ya que le había dejado de escuchar durante algunos segundos.
Como era de esperar, aquella noche el vigilante no realizó ninguna ronda por el interior del cementerio, pidiendo al poco tiempo el cambio de turno.